lunes, 14 de septiembre de 2009

Carta a un niño que no llegó a nacer



Autora: Oriana Fallaci  - (Florencia,  29 de junio de 1929-15 de septiembre de 2006)                                                                                               

Otros títulos de esta escritora:  El sexo inútil-  Entrevista con la historia- Un hombre- La rabia y el orgullo- La fuerza de la razón- Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci

 

Reseña realizada por Leonor Fernández Riva


"Anoche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Yo estaba con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y, de pronto, en esa oscuridad, se encendió un relámpago de certeza: sí, ahí estabas. Existías".

Oriana Fallaci, la gran escritora nacida en Florencia, Italia en 1929, describe en esta tierna y desgarradora "Carta a un niño que no nació", escrita en 1975, esa sensación de amor y a la vez de remordimiento que sentimos algunas mujeres al traer a la vida a un ser al que no le podemos asegurar la felicidad; un ser que quizá un día nos reprochará con amargura: "Quién te pidió que me trajeras al mundo, por qué me trajiste, por qué?" Un embarazo difícil por ser, además de madre soltera, una exitosa profesional cuyos planes se truncan ante el anuncio imprevisto de este hijo no planificado. "Mi amiga dice que estoy loca al querer conservarte, ella que está casada ha abortado cuatro veces en tres años". Esa cruel alternativa es considerada también fugazmente por esta mujer inteligente: "En la tiniebla que te envuelve ignoras hasta que existes. Yo podría deshacerme de ti, y tú nunca lo sabrías. No tendrías la posibilidad de llegar a la conclusión de si te he hecho un daño o un regalo. Pero nada es peor que la nada hijo. Lo verdaderamente malo es nunca existir".

 

Pero el poderoso instinto materno triunfa sobre el raciocinio intelectual y lógico de esta mujer excepcional, y entonces, la mujer madre, trata de proteger a su hijo, aun en contra de su propia voluntad. Empieza así, a lo largo de su breve embarazo, un tierno y desgarrador monólogo con ese ser tan extraño y a la vez tan suyo, que ha tomado posesión de sus entrañas. "Ciertamente, tú y yo formamos una extraña pareja, niño. Todo en ti depende de mí, y todo en mí depende de ti: si enfermas, yo enfermo y si muero, tú mueres. Pero extrañamente, no puedo comunicarme contigo, ni tú conmigo". "Ahí adentro ignoras lo qué es la esclavitud. Aquí afuera, en cambio, tendrás mil amos. Y el primer amo seré yo, que, sin quererlo – tal vez sin siquiera darme cuenta- te someteré a imposiciones que son justas para mí, pero no para ti. Tu encuentro con el mundo será un llanto desesperado. En los primeros tiempos solo conseguirás llorar. Pasarán semanas y hasta meses antes de que tu boca se abra en una sonrisa. "Serás un hombre o una mujer? Quisiera que fueses mujer. Ser mujer es fascinante, es un desafío que nunca llega a aburrir. Tendrás que batirte para demostrar que dentro de tu cuerpo liso y redondeado hay una inteligencia pidiendo a gritos que la escuchen. Te cansarás de gritarlo y, a menudo, casi siempre, perderás. Pero no debes desanimarte, batirse es mucho más hermoso que vencer; viajar, mucho más divertido que llegar. Sí. Espero que seas mujer; no me hagas caso si te llamo niño" "Pero si naces varón, me sentiré igualmente contenta y tal vez más, porque te verás libre de muchas humillaciones, de muchas servidumbres, de muchos abusos. Naturalmente, te corresponderán otras esclavitudes, otras injusticias; tampoco para un hombre es fácil la vida, ¿sabes? Y sin embargo, o precisamente por eso, ser hombre constituirá una aventura maravillosa, una empresa que no te decepcionará jamás. "Te he comprado una cuna. Después de comprarla recordé que, según dicen algunos, poseer una cuna antes de que nazca el niño trae mala suerte. Pero las supersticiones ya no me afectan".

 

Y sin embargo, algo sucede, la madre deja de sentir la presencia del hijo. Visita al médico y sus palabras cordialmente indiferentes, la hunden en la pesadumbre: "Tiene usted razón, desde hace por lo menos dos semanas, quizá tres, ya no crece. Ánimo, no hay más remedio. Ha muerto". Desde el fondo de su corazón le parece escuchar la voz de su hijo: "¿Por qué debo de existir mamá? ¿Cuál es la finalidad? En mi universo, que tú llamas huevo, esa finalidad existe: nacer. Pero en tu mundo la finalidad es tan solo morir; la vida es una condena a muerte. Y yo no veo por qué tengo que salir de la nada para regresar a la nada". Martillante y cruel, surge dolorosa la pregunta que nunca ya podrá tener contestación: "Habré sido yo, hijo, la que te decepcione de la vida y te impulsé al suicidio?

 

Oriana Fallaci describe en esta breve pero apasionante historia de un embarazo no deseado, la cruel alternativa a la que se enfrentan tantas madres solteras alrededor del mundo. No es este un libro que una  mujer pueda leer con impasibilidad; Carta a un niño que no llegó a nacer hará vibrar las fibras más sensibles de nuestra alma. Su lectura, de seguro aclararía muchas dudas en aquellas mujeres que se encuentran próximas a tomar una decisión  que  irremediablemente  marcará  sus vidas.

 

En los párrafos finales la madre comprende que el indescriptible dolor por ese hijo que no nació, es solo un hecho aislado dentro de la vorágine de la reproducción humana: "Ahora ya no estás. Sólo hay un frasco de alcohol dentro del cual flota algo que no quiso convertirse en hombre o en mujer. "¿Por qué debiera hacerlo?" me preguntaste. ¡Pues porque la vida existe niño! Pero en algún otro sitio nacen mil, cien mil niños, y madres de futuros niños. La vida realmente, no te necesita ni a ti ni a mí. Tú estás muerto y tal vez muera yo también. Pero no importa, hijo, porque la vida nunca muere".

 







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Definicion de ensayo



Un ensayo es una meditación impulsiva, no un informe científico.

 

 

Esta definición es de Nicholas Nassin Taleb, en su libro llamado el Cisne Negro, Taleb ha estudiado como nos engañamos al pensar que creemos saber más de lo que realmente sabemos, y por qué perdemos el tiempo con lo irrelevante e intrascendente, cuando en realidad nuestro mundo gira alrededor de los grandes acontecimientos que nos sorprenden cada vez. En este fascinante ensayo, Taleb nos explica lo que sabemos y lo que ignoramos, las fronteras entre realidad y percepción, y nos abre las puertas del increíble mundo de los "cisnes negros".

Una sola observación puede invalidar una afirmación generalizada derivada de milenios de visiones confirmatorias de millones de cisnes blancos. Todo lo que se necesita es un solo cisne negro, y la idea se viene abajo.

 

Esta es una sinopsis solapada -copiada de la solapa- yo tan solo voy en la página 89 y aun no me aventuro a decir que es un libro fascinante, me ha gustado, eso si. Espero llegar al final para abrir bien la boca, no sea que sea me equivoque con una de esas tonterías muy bien escritas.

 

¿Un ensayo es una meditación impulsiva, un oximoron? Es bien posible.

 

Hernando Aldana






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Reseña Hombres de maíz Migel Angel Asturias



 

Miguel  Ángel Asturias. Hombres de maíz. Ed. Planeta. España. 2002. Préstamo de la biblioteca de María E. Vélez.

Confieso que me costó  mucho trabajo leer este libro. Este me costó mucho trabajo porque empieza con muchas matanzas, mucha violencia que me impresionó, tal vez haciendo inconscientemente algún paralelo con la situación que nos atraviesa en Colombia, en este contexto de masacres y de asuntos de sangre, que me conmueven de manera tan grande, que me deprimen por la incapacidad de actuar de alguna manera frente a estos asuntos. Tuve muchas ganas de abandonarlo, no lo hice porque muchas personas ejercían presión  para que siguiera en el empeño de leerlo, además es un libro de culto, no sólo en Guatemala. Así que lo tomé para leerlo con otros libros más amenos para mi tranquilidad psicológica: Tratado de culinaria para mujeres tristes y algunos más de poesía. Ya superados estos inconvenientes lo terminé, demorando más de dos meses.

Encontré pasajes maravillosos, poemas, tiempo detenido, historias de vivos y muertos.  Está conformado por narraciones orales, escrito como textos sueltos, me gustó mucho su estructura, es una mezcla de poesía, sueños, relatos, narraciones y también canciones. No hace mucha diferenciación de las voces de cada personaje, hay que poner atención para diferenciarlos, mezcla los diálogos con los poemas y con las descripciones. Por ser escrito en 1949 era un alumbramiento, una especie de ruptura en su época.  

-Recomendado ***

Ana María Gómez
Gestora cultural

http://paginadeanamariagomez.blogspot.com
 




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jueves, 30 de julio de 2009

HAPPY BIRTHDAY, CAPO de José Libardo Porras

 
 

 
Reseña del libro por Alejandro Liscano
 
 
Cuando una historia ha sido contada muchas veces, va  perdiendo detalles en el camino, como un balde que pierde líquido con el vaivén de los pasos al andar. Así mismo, tiende a reducir su frescura y relevancia; haciendo que sea cada vez más difícil mantener la escucha y el interés de la audiencia. También puede volverse hostigantemente conocida. Es por eso que unas historias desplazan a otras, no solo por su peso, sino por el desgaste propio de casi todas las cosas.
No obstante, hay quienes hacen magia al rescatar sucesos aparentemente ya agotados; encuentran una historia dentro de otra historia, o simplemente un ángulo inexplorado. Esto es lo que hace José Libardo Porras en Happy Birthday, Capo.
Porras cuenta el desmoronamiento mental y emocional vivido por uno de los grandes capos de la mafia durante las vísperas del juicio final. En este caso, la historia escogida no es la persecución inerte a tal actividad, sino la turbulencia interna del personaje; el Apocalipsis que vive ante el fin inevitable, la derrota de alguien nunca antes derrotado.
Amparado en una amalgama entre realidad bien documentada y algo de ficción, el autor antioqueño logra vestir al lector con los pantalones del personaje, llevándolo a sentir el cumulusnimbus de sentimientos tormentosos que brotan del mismo al asomarse a su propia muerte.
No podía ser otro el protagonista (personaje) para representar mejor el caso que Pablo Escobar, pero no el grande, no el Pablo con poder infinito, sino el Pablo escondido, sufrido, traicionado y solo. Ya después de haber batallado y pataleado como león enjaulado, ahora encerrado con el miedo, con un guardaespaldas -que a esas alturas, hacía sólo estorbo-, sin poder llamar a la familia ni a los amigos, perseguido y sin tiempo; sabiendo que va morir demasiado pronto.
 
 
A esas alturas, Escobar siente la muerte en vida, la desconfianza y la soledad obligada:
"¡Amigos!, amigos son los billetes en mi bolsillo, rezongó, resumiendo lo que de su puño y letra había consignado en Anotaciones del Capo: -No me hago ilusiones: mis amigos y mis amantes me cambiarían por treinta monedas de plata, por un plato de lentejas-".
El Capo morirá el mismo día de su cumpleaños, 2 de diciembre de 1993, a los 44 años de edad, parodiando con la coincidencia el hecho de que del polvo venimos y en polvo nos convertiremos.
Cuando la muerte llega con pasos pesados, aunque se sienta a destiempo, no hay poder que la detenga. Dobla las rodillas hasta en los más fuertes. El presente caso es un ejemplo impecable de tal fragilidad; que el destino no rinde pleitesía ni agacha la cabeza ante nadie.
Pero más que la inevitabilidad del sino (destino), el ángulo escogido por José Libardo Porras es el drama psicológico, las remembranzas, la nostalgia, los recuerdos, el miedo al olvido y la angustia general del personaje; todas esas formas de un adiós al abandonar el juego antes de sentir que ha acabado.
"Sintió que la vida se le había ido en un santiamén…Y todo lo había usado y abusado como le había dado la gana, menos el tiempo: aun para él, el tiempo había sido una baba que no se dejaba agarrar. Cuánto le habría encantado hacer esperar al tiempo de pie delante de su escritorio, como a los pedigüeños que acudían a su oficina".
Sobra decir que la tensión se mantiene, y que el autor, a diferencia del personaje, logra salir airoso de una propuesta ambiciosa, como lo es rescatar una historia entre las ruinas de otra ya muy contada.
Happy Birthday, Capo
José Libardo Porras
Editorial Planeta (139 páginas) 
Publicado el 6 de septiembre de 2008.
 
   Por: Alejandro Liscano
 
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José Libardo Porras nació en Támesis, Antioquia, en noviembre de 1959. Es licenciado en Español y Literatura de la Universidad de Antioquia. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de cuento (Premios Nacionales de Cultura), con el libro Historias de la Cárcel de Bellavista. Entre otras de sus publicaciones de cuentos figuran El Continente Sumergido (1990) y Es tarde en San Bernardo (1984). Editorial Planeta publicó su primera novela en septiembre del 2000, Hijos de la nieve. En el 2006 gana una beca de la Alcadía de Medellín para desarrollar el manuscrito final de la presente novela, Happy Birthday, Capo. Adicionalmente ha publicado libros de poemas, como lo son Hijo de la ciudad (1994) y Partes de Guerra (1987).

     

 

 



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lunes, 27 de julio de 2009

Sobre el arte de un escritor


Sobre el arte de un escritor

 

 

Eduardo Galeano

 

El mío ha sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra: desde las primeras tentativas de escribir, cuando era jovencito en una prosa abigarrada, llena de palabras que hoy me dan vergüenza, hasta llegar a un lenguaje que yo quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una complejidad de creación que no se nota ni tiene que notarse.

Uno siente primero que el trabajo intelectual consiste en hacer complejo lo simple, y después uno descubre que el trabajo intelectual consiste en hacer simple lo complejo. Y un caso de simplificación no es una tarea de embobamiento, no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual, ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura como expresión de la vida. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de existencia.

Para mí siempre ha sido fundamental la lección del maestro Juan Carlos Onetti, un gran escritor uruguayo muerto hace poco, que me guió los primeros pasos.

Siempre me decía: "Vos acordate aquello que decían los chinos (yo creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo había inventado para darle prestigio a lo que decía); las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio". Entonces cuando escribo me voy preguntando: ¿estas palabras son mejores que el silencio?, ¿merecen existir realmente?

Hago una versión, dos o tres, quince, veinte versiones, cada vez más cortas, más apretadas: edición corregida y disminuida.

Inflación palabraria El problema de la inflación monetaria en América Latina es muy grave, pero la inflación palabraria es tan grave como la monetaria o peor; hay un exceso de circulante atroz. Algunos países han tenido éxito en la lucha contra la inflación monetaria pero la inflación palabraria sigue ahí, tan campante. Lo que me gustaría, modestamente, es ayudar un poquito a esa lucha contra la inflación palabraria. O sea, poder ir desnudando el lenguaje. Es el resultado de un gran esfuerzo, y no concluido, porque nace cada vez: a mí me cuesta escribir ahora tanto como cuando tenía 15 ó 16 años y lloraba ante la hoja de papel en blanco porque no podía.

¿Función social?

La literatura tiene siempre una función, aunque no sepa que la tiene, y aunque no quiera tenerla. A mí me hacen gracia los escritores que dicen que la literatura no tiene ninguna función social. A partir del momento que alguien escribe y publica está realizando una función social, porque se publica para otros. Si no, es bastante simple: yo escribo en un sobre y lo mando a mi propia casa, pongo "Cartas de amor a mí mismo" y me emociono al recibirlas. Pero es un círculo masturbatorio (no quiero hablar mal de la masturbación, tiene sus ventajas, pero el amor es mejor porque se conoce más gente, como decía el viejo chiste).

Es imposible imaginar una literatura que no cumpla una función social. A veces la cumple, y es jodido, en un sentido adormecedor, a veces es una literatura del fatalismo, de la resignación, que te invita a aceptar la realidad en lugar de cambiarla, pero a veces es una literatura reveladora, reveladora de las mil y una caras escondidas de una realidad que es siempre más deslumbrante de lo que uno suponía. Por otro lado me parece que lo de la literatura social es una redundancia porque toda literatura es social. Muchas veces una buena novela de amor es más reveladora y ayuda más a la gente a saber quién es, de dónde viene y a dónde puede llegar, que una mala novela de huelgas. No comparto el criterio de una literatura política que además, en general, es aburridísima.

 

 




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Que es un ensayo


Qué es un ensayo

 

Augusto Monterroso

«L

a palabra es nueva, pero la cosa es vieja... Las epístolas de Séneca a Lucilio son ensayos, vale decir, meditaciones dispersas, aunque en forma de epístolas.» Estas citas de Francis Bacon las he tomado del Estudio Preliminar que Adolfo Bioy Casares puso como introducción a un volumen de ensayos ingleses seleccionados por Ricardo Baeza hace ya más de cincuenta años en la ciudad de Buenos Aires, cuando de esta ciudad irradiaba a toda Hispanoamérica y España lo más sobresaliente de la literatura europea y estadounidense. Pues bien, Bacon, el segundo grande ensayista moderno después (en el tiempo) de Miguel de Montaigne, sabía perfectamente lo que afirmaba, pues no sólo Séneca estaba para demostrarlo, sino también, ahora que tenemos un concepto más preciso o más amplio del género, Plutarco, Aulo Gelio, Luciano de Samosata, Plinio el Joven o Diógenes Laercio en la antigüedad, y aún podrían citarse otros. Pero en efecto, la palabra que hoy usamos con el sentido en que lo hacemos no existía entonces, y tuvieron que pasar muchos siglos para que Montaigne –o el señor de Montaña, como lo llamaba Quevedo– la inventara o le diera el significado que conserva hasta nuestros días en las preceptivas literarias.

Sin embargo, la pregunta que ahora confrontamos es la siguiente: el público, los nuevos posibles lectores, ¿saben en realidad de qué se trata? Mi experiencia me indica que no parece ser ése el caso. Cuando a requerimientos de una distinguida dama le declaré la otra tarde que yo escribía ensayos –yo pensaba hasta en el mío de una línea que antologa The Oxford Book of Latin American Essays–, ella lo tomó como una confesión o una disculpa, y con un gesto de inteligencia, bajando la voz, me dijo con simpatía: no importa, no importa. Entonces aprendí que aquella declaración necesita ir siempre acompañada de explicaciones acerca de lo que el ensayo no es: ni una tesis científica ni ninguna investigación encaminada a demostrar algo con lo que su autor accederá a tal o cual grado académico; o de aclaraciones, para dejar bien establecido que se trata de un género literario y no de simples intentos. Ensayo, sabe usted, un texto más o menos breve, muy libre, de preferencia en primera persona, sobre cualquier cosa, o acerca de equis costumbre o extravagancia de uno mismo o de los demás, escrito en tono aparentemente serio pero idealmente envuelto en un vago y ligero humor y, de ser posible, en forma irónica, y preferible si autoirónica, sin el menor afán de afirmar nada concluyente; y si de lo expresado en él se desprende cierta melancolía o determinado escepticismo respecto del destino humano, mejor; y si una digresión se desliza aquí o allá, mejor que mejor, pues la libertad de pasar de un punto a otro sin excusas ni rebuscamientos, y hasta de interrumpirse y olvidarse (o hacer como que uno se olvida) de por dónde va, puede ser lo que venga a dar al ensayo ese encanto parecido al que se desprende de una conversación inteligente; recurriendo a citas falsas, verdaderas o equivocadas, invocando a amigos o señoras sociedad que pueden existir en la realidad o no; o declarando incapacidades auténticas o fingidas; y por lo común escrito con un estilo perfecto pero que no se note o incluso que hasta parezca descuidado, o redactado por alguien que está más preocupado por otros asuntos, como quien lo hace para cumplir un requisito que no puede eludir; todo esto viene a ser una pequeña parte de lo que uno piensa que podría darle a aquella buena señora una mínima idea de lo que quiere dar a entender cuando se ve forzado a declarar que escribe ensayos, sin necesidad de añadir que también escribe cuentos y novelas para que esta misma señora lo tome a uno en serio y no pase sin más a otro tema, o a cualquier tópico del momento como quien siente que ya cumplió con las buenas maneras; y tal vez por último, pero esto sí con extremo cuidado, animarse a decirle que, si quiere saberlo, aparte de cuanto de genial se conoce de él, entre otras gracias la de ser el inventor de la novela moderna, Cervantes es quizá también en nuestro idioma el primer ensayista moderno; y que para confirmar esta insólita aseveración no tiene sino que tomarse la molestia de ir a sus prólogos de las partes Primera y Segunda de Don Quijote de la Mancha, el de las Novelas ejemplares y el de Persiles y Sigismunda, en los que observará muy claramente gran parte de lo dicho aquí sobre este traído y llevado género, con la única advertencia de que ni por asomo se acerque al de la Galatea, porque ése es otro asunto y, bueno, mejor ni hablar de él ni recurrir al socorrido principio de que la excepción confirma la regla.

Tomado de Literatura y vida, Augusto Monterroso, Alfaguara. Madrid, 2004.

 

 
Por: Augusto Monterroso
 
 





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Los sentidos del cuarto elemento

"… el agua es un milagro, y cabría decir que es el mayor de los milagros."

Los sentidos del cuarto elemento

Por: William Ospina

EL ESPECTADOR, 24 Ago 2008

http://www.elespectador.com/opinion/columnistasdelimpreso/william-ospina/columna-los-sentidos-del-cuarto-elemento

Reprodujo y difunde: NTC … Nos Topamos Con http://ntcblog.blogspot.com/ , ntcgra@gmail.com, Ag. 25, 2008

SUELE DECIRSE QUE EL AGUA ES UN servicio público, pero en realidad el agua es un milagro, y cabría decir que es el mayor de los milagros.

Cuando vemos el mar pensamos que el agua es infinita, pero si dividiéramos el mundo en diez mil partes, sólo dos de ellas estarían compuestas de agua. Asombra pensar que esa capa de líquido transparente y cambiante, que cubre como una delgada película vastas zonas del globo, no sólo se desprende en vapor al roce del sol, y cae otra vez de las nubes al descender la temperatura, y canta en nuestros tejados y vidrieras, y nutre una activa vegetación de millones de formas, sino que es la causa eficiente de que la vida misma haya surgido en este planeta, y de que esa vida se multiplique y persista, y emita hojas y tentáculos, alas y lenguas, sueños y pensamientos.

Apenas nuestra necedad puede explicar que no pasemos el tiempo rendidos de asombro ante un prodigio tan cotidiano y tan generoso. Sólo a veces el agua parece alzarse como una amenaza frente a nosotros, pero es justo advertir que la mayor parte de las veces esas amenazas nacen de la imprevisión o de la imprudencia, cuando no de nuestra definitiva irresponsabilidad.

Más de diez mil años de civilización deberían habernos enseñado a conocer el ritmo de las lluvias y de las tormentas, a prevenir las inundaciones, a construir casas teniendo en cuenta los cauces inmemoriales de las aguas, a construir caminos teniendo en cuenta los inviernos y las avalanchas.

Pero a veces pareciera que cuanto más vivimos, menos sabemos. En Colombia, por ejemplo, en la región de La Mojana, hace mil años, los pueblos nativos no sólo conocían el régimen de las inundaciones, sino que construyeron un ingenioso sistema de canales para regular el flujo de las aguas de invierno, protegerse de las crecientes e irrigar los cultivos. Todavía es posible ver desde el aire el trazado de esos canales en una región inmensa, propicia para la agricultura y abandonada hoy a las incurias de la ganadería.

También es posible ver a la orilla de los ríos aldeas arrasadas, sólo porque los humanos olvidamos lo que el agua no olvida jamás. Gustavo Wilches suele recordarnos que, cada vez que reprochamos al agua el invadir nuestros escenarios urbanos, estamos olvidando que somos nosotros los que hemos invadido los antiguos cauces del agua. Simplemente a veces el agua recuerda que la tierra es suya, y vuelve a bautizar el mundo.

Deberíamos tener con el agua una relación más respetuosa y más lúcida. Ser dignos de su transparencia, de su frescura, de su música, de su capacidad de transformarse para ir del glaciar a la cascada y de la cascada a la nube, del río lleno de criaturas a la lágrima llena de emociones, de la fosa planetaria llena de misterios al vaso generoso que calma nuestra sed. Deberíamos entender que sólo algo divino puede tener tantas formas, tantas utilidades, tantos sentidos para nuestra vida, tantos estímulos para nuestra imaginación.

El agua, que propició la aparición de las primeras chispas de vida al contacto con la tibieza solar, ha engendrado filosofías y mitologías, maravillas del arte y de la técnica, grandes poemas y músicas exquisitas. De Empédocles y Tales de Mileto a Walt Whitman y Pablo Neruda la humanidad, para honor suyo, ha sido capaz de cantar sus alabanzas, pero aún es necesario hacer más sutil nuestra reflexión, más rica nuestra sensibilidad y más audaz nuestra fantasía para acceder a un orden en que el agua recupere todo su valor para la civilización.

Esta época nuestra anda embelesada con la idea suicida de que la naturaleza, la prodigiosa naturaleza que nos alimenta, nos ilumina, nos educa, nos asombra y nos llena de imaginaciones, no es más que una bodega de recursos. La codicia quiere convertir todas las cosas en mercancías, sólo enseñarnos cómo explotar esto, cómo aprovechar aquello, cómo hacer rentable lo de más allá.

Y si bien forma parte de los hábitos humanos comprar y vender, transformar y acumular, es urgente entender que hay ciertas cosas que deben ser sagradas, no ya en el sentido de que no puedan ser investigadas o transformadas, sino en el sentido de que tienen que ser protegidas, respetadas y celebradas como las fuentes profundas de nuestra vida, de nuestra cultura y de nuestra dignidad.

Es importante aprender a aprovechar el agua, aprender a no derrocharla, aprender a cuidarla como recurso y como sustento, pero nunca lo lograremos a partir de un discurso meramente utilitario, técnico o jurídico. Necesitamos que las artes celebren el agua, que las filosofías la interroguen, que las mitologías la envuelvan en rituales y en símbolos, que las ciencias avancen en su conocimiento, que las técnicas la protejan, que la humanidad se beneficie de ella sin perder de vista su condición milagrosa y vulnerable.

Porque también es posible la degradación del agua, y con ella, la muerte de la vida. Basta pensar que de cada cien partes de agua, sólo tres son de agua dulce, que de ellas sólo una reposa en lagos y huye en ríos, y que hace cuarenta años la mitad de ésta estaba ya contaminada. Basta pensar en los arroyos de agua cristalina que producen los páramos cerca de Bogotá y en el trueno de miasmas infectos que nosotros le devolvemos a la naturaleza por el salto del Tequendama. No serán las leyes ni las cárceles las que nos enseñen a tener con el agua una relación más noble y más lúcida: tienen que ser las artes y las ciencias, el conocimiento y la imaginación. Todas las naciones deberían tener las fiestas del agua, de ríos, lagos, mares, nubes y cumbres nevadas, las cátedras del agua, las músicas del agua. Pero sabían más de esto los muiscas, que veneraban los manantiales y veían dioses en la lluvia, y no habían olvidado que la Sabana fue antes una inmensa laguna.

Nada necesitamos tanto como afinar esa relación a la vez íntima y mítica que nos permita recordar que el agua, que mueve las fábricas y produce la electricidad, que baña las ciudades e ilumina las noches, que corre por las venas oscuras de las metrópolis y brota alegre y oportuna por la boca de los grifos, al tiempo que sacia nuestra sed y renueva el contacto con los orígenes, es uno de los nombres secretos de nuestro ser.

En su "Poema del cuarto elemento", después de recorrer sus sentidos para la historia y la mitología, el gran poeta argentino terminaba con esta invocación: "Agua, te lo suplico, por este soñoliento/ enlace de numéricas palabras que te digo,/ acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo,/ no faltes a mis labios en el postrer momento".

Por: William Ospina



Proyecto piel Julio César Londoño


Proyecto Piel o La Novela Diferente

Reseña Por Julián Enríquez

Todos estos años el escritor Julio Cesar Londoño se ha mantenido orgullosamente provinciano. Madrid, París, Ciudad de México o tan siquiera Bogotá no lo desvelan. Él prefiere seguir fiel al Valle del Cauca, a Palmira, ve. Sin embargo, desde esa pequeña ciudad de calles angostas, andenes estrechos sin árboles y muchas bicicletas, el hombre otea el horizonte.

Se trata de un sujeto cosmopolita de prístina memoria, embebido en el universo de la lectura y en el terco magisterio de la escritura, que tiene bastante tiempo para navegar por internet y hacer una de las cosas que más le gusta en la vida: empaparse de ciencia, de números, de personajes ilustres, de teorías y postulados. Hasta aquí todo parecería algo frío y distante como es el destino de muchos insulares intelectuales que en la historia de la humanidad y con ahínco, se dedican a estos silentes menesteres, sacrificando de paso la cercanía con los otros.

No es el caso de J.C. Londoño. Porque si bien es cierto, un lado de la balanza corresponde a las materias nobles y profundas del arte y la ciencia; el otro, henchido de goce y humanidad, reboza de fraternidad y comunicación. A nuestro hombre de números y letras le encanta la conversación, gracias a ella es un individuo abstracto pero también muy concreto, un ser racional a la par que un ser emocional y sensible.

Pero un momento, al bosquejo de este personaje 'leonardodavincesco' le falta una sonrisa, la marca del siglo al que pertenece. Así es, su sentido del humor lo irriga todo: las pesquisas científicas como la constante interlocución con los semejantes. Gracias a esa chispa que lo caracteriza, las ciencias no son polares y lejanas ni la literatura asunto de unos señores cejijuntos muy tiesos y muy majos. La gracia, el apunte, la observación maliciosa, el tono irreverente, la ironía bien informada constituyen los indicios inequívocos de que Julio Cesar Londoño anda suelto, haciendo de las suyas.

Y es el público, los miles de lectores de revistas y periódicos quienes dan testimonio de su jocosa y esmerada prosa. Sus columnas son únicas y singulares, las primeras que la gente lee porque saben que siempre van a encontrar allí una finta, un chanfle, una particularidad feliz que las otras no tienen, claro, porque el sentido del humor no es pasto que se de verde por doquier. Esas columnas definen y fotografían de cuerpo entero, su escritura.

¿Qué hallamos en ellas? Lo mismo que en sus libros de ensayos, cuentos y novelas -bueno, novela, una sola, "Proyecto Piel"-, la amalgama de ciencia y arte, quizás con una pizca más de humor en su material escrito para los periódicos o las revistas y, con una pizca más de indagación, de brillante lucubración en el material que compone sus libros. Como lo es, por ejemplo, su premiado y famoso cuento "Pesadilla en el Hipotálamo", esa pequeña obra maestra que indaga en lo que sería más caro para un hombre de conocimiento: la pérdida de información valiosa y recuerdos que ha ido atesorando con estudio y experiencias durante toda una vida. Y la pierde por culpa de ese animalito glotón, espécimen ilustrado; soplado, sin lugar a dudas, por el humor alerta de su autor. Ocurriendo entre ellos –el humano y el bicho que lo habita- un rifi rafe de enfados y desencuentros que devora entusiasta el lector.

"Pesadilla en el Hipotálamo" es una narración breve llevada con lujo de detalles que convierte la increíble historia en una realidad literaria contundente. En "Proyecto Piel" también existe una especie de bicho, más oscuro por supuesto, que afecta la mente de su protagonista: el autismo. Razón por la cual, todos los personajes se suman para crear un museo de sensaciones (olfativas, táctiles, gustativas, visuales y sonoras) que sirvan para comunicarle algo a Francisco, el niño autista. De eso trata la novela.

Menciono estas dos obras de Londoño, el cuento "Pesadilla en el Hipotálamo" y la novela "Proyecto Piel" porque en ambas, el verdadero personaje principal es la Mente. En el cuento, una testa brillante, llena de datos, prolífica, en cuyo escenario de ideas y conceptos combate la pareja: el humano dueño de todo y la criatura colada hasta allí avasalladoramente. Y la novela, protagonizada por ese niño casi sin voz y sin habla al que su padre Manuel, su madre Lina, Oscar el amigo de la pareja e incluso el chatarrero León Miller, quisieran proveerle de un universo virtual y paralelo, un museo de sensaciones en el que el niño enfermo se pueda sentir a gusto y sea capaz de comunicarse.

El cuento es magistral, la novela… mmm… no se, a veces creo que también, otras le resto méritos y me quejo porque siento que le faltó narrar una verdadera historia. Tal vez intentó perfilarse como una de esas novelas medio ensayísticas semejante a las de Milán Kundera, sólo que el autor checo ahonda y se sumerge como cachalote en sus personajes, Julio no tanto. Y sostiene, el checo, conceptos como la imagología por más tiempo volviendo las reflexiones casi materia de consulta socio-antropológica.

Más que un museo propiamente dicho, en "Proyecto Piel" se ventila una multicolor y abigarrada miscelánea, en la que caben… "aerolitos que rayan la noche y se pierden en el tiempo", "gotas de destroza que caen con periódica pereza", definiciones de los oídos como "engranajes improvisados por plomeros recursivos con lo primero que encuentran a mano", "plagas de superación personal que están devorando las librerías del mundo", planetas en sus órbitas mientras "pasan lacias las colas de los cometas", etc, etc. También habitan la cálida miscelánea: Cocher, Gaudí, geishas shibumi, Richard Burton y hasta las interpelaciones odoríferas y sonoras de Marilyn Monroe; en síntesis, de todo como en botica, diría el señor Baltazar, tío de cierto columnista de la región.

Cualquier excusa es aprovechada para el comentario con visos de ensayo, el apunte intuitivo y genial, la frase lapidaria o especulativa y todas esas vértebras apuntando a la columna central que rige el libro que no es otra distinta a la de exponernos a los lectores a una conversación inteligente y sutil; en ocasiones, el lector es llevado de la mano a través de una auténtica prosa poética como la del primer suspiro del astronauta que anduvo el espacio exterior… "capaz de flotar en la noche de los tiempos para ser un día el embrión de futuras faunas, de especies no natas de mundos aún inéditos, de una biología quizás más rica que la nuestra".

En la prosa de Londoño ocurre la amalgama entre ensayo, poesía y especulación. Las palabras del poeta William Ospina precisan bien este aspecto: "Si bien hay lenguajes que se dedican principalmente a la razón, o que estimulan sobre todo la sensibilidad, o que potencian ante todo la imaginación, en el arte, la eficiencia depende de que todas esas facultades se alíen y se fortalezcan recíprocamente" (Tomado de "La palabra y el bronce" del libro de ensayos "La decadencia de los dragones). Así, J. C. Londoño se atreve a proponer, a soñar; inspirado por las palabras y la lógica tiende un puente hacía la revelación como lo hizo en su momento su tocayo Julio Verne o la literatura de ciencia ficción. La novela sugiere en esta línea un gran ejemplo, el bellísimo pasaje del insecto de chatarra reciclada y de proporciones enormes que logra elevarse unos metros del suelo con su creador a bordo, el niño prodigio, el niño autista que lo fue ensamblando pacientemente con los desperdicios de hojalata y motorcitos descompuestos que halló en un botadero cercano a su casa. Cuando sus familiares adultos (o al menos uno de ellos) lo descubren suspendido a varios metros por encima de la tierra y llaman a expertos ingenieros para que certifiquen el milagro, el pequeño genio incomprendido decide no darles tiempo de que lleguen y desbarata la colosal hazaña.

Ojalá ese armatoste con alas hubiese sido la portada del libro, la cara misma del "Proyecto Piel".

Así las cosas, no le reclamemos una historia a la novela, no importa que esa quizá haya sido una de las razones por las que el jurado de Planeta, algo perplejo, declaró "Proyecto Piel" finalista y no ganadora del premio. Dejemos que su autor que parece saber muy bien para dónde va, nos regale más adelante la historia que nos quedó debiendo. Y más bien, celebremos su punto de vista, la originalidad que lo destaca en el concierto literario colombiano como un narrador diferente, sutil y delicioso.

Texto escrito por Julián Enríquez






domingo, 26 de julio de 2009

Tratado de culinaria para mujeres tristes Hector Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince, Tratado de culinaria para mujeres tristes, Ed. Alfaguara, Bogotá, Colombia, 2008. 131 páginas.

Préstamo de la biblioteca personal de Hernando Aldana.

Texto escrito de manea tranquila, sin ánimo de demostrar una sabiduría muy profunda, o sea que el autor no trataba de descrestar a sus lectores, lo que me parece importante. Como dice Abad, el libro no es un tratado y tampoco es de culinaria. Escrito en prosa poética, contiene textos cortos en los que aborda diferentes temáticas, todos escritos dando consejos o ideas, a la manera de un libro antiguo, me dio esa impresión. La lectura me resultó muy amena y divertida. Muchos consejos me sirvieron.


Por: Ana María Gómez


Hombres de maíz Migel Angel Asturias


Miguel Ángel Asturias. Hombres de maíz. Ed. Planeta. España. 2002. Préstamo de la biblioteca de María E. Vélez.

Reseña Ana María Gómez

Confieso que me costó mucho trabajo leer este libro porque empieza con muchas matanzas, mucha violencia que me impresionó, tal vez haciendo inconscientemente algún paralelo con la situación que nos atraviesa en Colombia, en este contexto de masacres y de asuntos de sangre, que me conmueven de manera tan grande, que me deprimen por la incapacidad de actuar de alguna manera frente a estos asuntos.

Tuve muchas ganas de abandonarlo, - algo de mi potestad - no lo hice porque muchas personas ejercían presión para que siguiera en el empeño de leerlo, además es un libro de culto, no sólo en Guatemala.

Así que lo tomé para leerlo con otros libros más amenos para mi tranquilidad psicológica: Tratado de culinaria para mujeres tristes y algunos más de poesía. Ya superados estos inconvenientes lo terminé, demorando más de dos meses.

Encontré pasajes maravillosos, poemas, tiempo detenido, historias de vivos y muertos. Está conformado por narraciones orales, escrito como textos sueltos, me gustó mucho su estructura, es una mezcla de poesía, sueños, relatos, narraciones y también canciones. No hace mucha diferenciación de las voces de cada personaje, hay que poner atención para diferenciarlos, mezcla los diálogos con los poemas y con las descripciones.

Por ser escrito en 1949 era un alumbramiento, una especie de ruptura con la literatura de su época.


-Recomendado ***



Un adivino me dijo... Tiziano Terzni

Reseña por Rodrigo Escobar-Holguín

Terzani, Tiziano (Florencia, 1938)

Un adivino me dijo…

Barcelona: RBA Libros, 2003. 412 p.

Traducción de Un indovino mi disse…(Longanessi, 1995) por Javier Tomás

[Ejemplar prestado por Ana María Gómez y leído del 27 de Junio al 14 de Julio de 2009]

Relato autobiográfico en 27 capítulos. El narrador es un periodista de Der Spiegel aficionado a consultar adivinos y que ha vivido en Asia desde los 50. En 1976, un adivino de Hong Kong le advierte que no debe volar en 1993. Llegado el momento, decide seguir el consejo y convence al periódico de que se trata de una oportunidad para construir una historia singular: ya nadie viaja a distancia por tierra. Viaja sobre todo por tren, pero también en barco, taxi, transbordador, mula y otros medios, previa consulta de la geografía y la historia de los destinos, y acompañándose siempre de una brújula. Recorre Laos, Tailandia, Birmania, Malasia, Singapur, Indonesia, Camboya, Vietnam, Mongolia, y de allí toma el tren transiberiano hasta Moscú; luego vuelve "a casa" en Europa. Pero el año no ha terminado; toma un barco, cruza el canal de Suez, el océano ïndico y el Estrecho de Malaca, y llega de nuevo a Singapur. De allí por tren a Kuala Lumpur y termina el ayuno de avión dos semanas antes de que termine el año, medido con el calendario chino, volando de regreso a Bangkok. Durante todos estos viajes entrevista a personas de la población, ocasionalmente a algunos poderes informales, y siempre a un famoso adivino del lugar.

La narración es vivaz y salpicada de color local. Ocasionalmente se introducen reflexiones sobre lo observado. A comienzos del capítulo 25 se pregunta, por ejemplo, si es justo que "…el vibrante tintineo de las campanillas movidas por la brisa del atardecer en lo alto de una pagoda sea sofocado por el griterío de una discoteca recién inaugurada a orillas de un lago, en el que las bolsas de plástico y las latas vacías de cerveza importada flotan desvergonzadamente sobre un espléndido manto de flores de loto?" A veces hace gala de una gran capacidad de síntesis, como cuando "en la estación de Daniloff subió un puñado de hermosas y procaces rusas con su chulo, y el compartimiento número cinco de mi vagón de luxe se convirtió en un improvisado burdel".

La actitud del narrador es de sorpresa y admiración apenas disimulada por la riqueza cultural del mundo por el que viaja, y de ocasional lamento por la pérdida de esa diversidad. Es evidente que lo que más le interesa es el Asia Sudoriental, lo que los franceses llamaron la Indochina: por el contrario, el viaje a través de China, de Vietnam a Mongolia, cruzando de sur a norte a través de las cuencas del Yangtzé y el río Amarillo, y pasando velozmente por Xian, la antigua capital de la Dinastía Tang, se despacha en siete breves páginas. El largo viaje desde Ulan Bator a través de la Rusia asiática y europea, en otras siete. Esta inclinación puede deberse a una simpatía —que se nota a través de todo el libro— por los poderes pequeños y marginales.


Por: Rodrigo Escobar-Holguín


Bendita Memoria Erica Jong

Talleristas
La Llave Maestra con un valor de $10.000 por un año sirve para llevar a casa libros de la Biblioteca Departamental.
De ella saqué el siguiente libro, que reseño, con la idea de crear el banco de memorias de reseñas del taller.


ERICA JONG, BENDITA MEMORIA, Trad. Cecilia Ceriani. Ed. Alfaguara. España, 1999, 413 páginas.

(Biblioteca Departamental, Cali Colombia)

Es la historia novelada de un siglo de la vida del mundo vista a través de los ojos de cuatro mujeres judías que vivieron sus vidas atravesando algunos de acontecimientos del contexto social de su época, miradas desde Estados Unidos. Inicia con Sarah, la pintora rusa que llega como inmigrante a Estados Unidos en el año 1905 hasta su bisnieta Sara, historiadora, quien empieza a escribir el relato de estas vidas, en el año 2005.

Erika Jong tiene una amena forma de escribir, con un relato circular va pasando por la historia de cada una de las cuatro mujeres que se escriben cartas entre ellas, y otras veces retazos de diario y poemas, canciones. Va dejando la idea de la vida recorrida y de la memoria que se teje entre las vidas que luego se ve reflejada en fotografías que la Sara la historiadora rescata del archivo de una biblioteca del Consejo de Historia Judía de Nueva York. Tiene personajes muy bien estructurados.

Me gustó mucho el estilo narrativo tan fluido que me atrapó durante el tiempo que duró la lectura y me hizo imaginar escribir una historia con las mujeres de mi familia. Me interesó mucho la manera como muestra las dificultades de las relaciones interpersonales dentro de las familias.

Incluye un glosario de términos en yídish y dentro de toda la novela una buena cantidad de refranes.


_Recomendado *****


Atte. Ana María Gómez

sábado, 6 de junio de 2009

Bibliografía

Julio César Londoño nos recomienda esta bibliografía para aprovechar mejor el taller. (No olviden leer estos textos).

Gramática


Gramática de la lengua castellana, Andrés Bello

Gramática de la Real Academia Española (colectivo)

Gramática española moderna, Santiago Revilla

Gramática castellana, Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña

"Los diccionarios y Las partes de la oración"

Ensayo del libro El artista y el estilo. Azorín.

"Formas elevadas de la necedad: a) Los gramáticos b) Los escritores"

El elogio de la locura, capítulo XLIX, Erasmo de Rotterdam

Los gramáticos (cuento), Julio César Londoño

www,rae.es

Teoría literaria


Diccionario Enciclopédico de las ciencias del lenguaje,

Oswald Ducrot y Tzvetan Todorov

Logoi, Fernando Vallejo

Poética


Poética, Aristóteles

"Epístola a los Pisones" y "Arte poética", Horacio

"La filosofía de la composición" y "El principio poético", Edgar Allan Poe

"La decadencia de la mentira", Oscar Wilde

La experiencia literaria, Alfonso Reyes

"Arte poética", Jorge Luis Borges

Arte poética, Jorge Luis Borges

Crítica


Chapolas negras, Fernando Vallejo

Otras inquisiones, Prólogos y Biblioteca personal, Jorge Luis Borges

Un álgebra embrujada, William Ospina

Por los países de Colombia, William Ospina

Líneas y perfiles de la literatura moderna, Günter Blöcker

"Poe: el poeta, el narrador, el crítico", Julio Cortázar

El canon Occidental, Harold Bloom

Las corrientes literarias en la América Hispánica, Pedro Henríquez Ureña

Crítica literaria, Paul Groussac

Estudios literarios, Paul Valéry

"Breve historia de la crítica", Julio César Londoño





miércoles, 3 de junio de 2009

La ganga

La ganga
El cuento perdido de Truman Capote


Escrito en 1950, cuando Truman Capote tenía 25 años, "La ganga" es un cuento inédito que estuvo perdido por más de medio siglo. Apareció a principios de este año entre los papeles privados del escritor, conservados en los archivos de la Biblioteca Pública de Nueva York. Ahora acaba de ser publicado en el volumen de Complete Stories con que se conmemoraron los 20 años de su muerte (y que Anagrama planea publicar antes de fin de año). Ansioso, Radar lo tradujo y lo publicó y nuestro permanente colaborador, el escritor Alberto Duque López, lo halló y lo reenvió a Cronopios, que lo reproduce con justa y natural gratitud, lo mismo hace NoticiasLiterarias.com.



POR TRUMAN CAPOTE


Varias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. "Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga", dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Sólo hubo silencio. "Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn." Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. "No importa", dijo ella con un suspiro. "De todos modos sólo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido."


Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien –¿había sido ella misma?– había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.
Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más.
Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn –a quien no había visto en más de un año– llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.
La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó al living. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone
y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola.
Alice Severn llegó unos minutos antes, sin duda un accidente, ya que no era una persona ansiosa, al menos a juzgar por la discreción de sus modales y su forma de andar. Llevaba zapatos bajos, un traje de tweed que ya había visto épocas mejores, y una caja con un cordón deshilachado.


–Me encantó que me llamaras esta mañana. Dios sabe que han pasado siglos, pero ya nunca vamos a Greenwich. Aunque sonreía, su invitada permaneció en silencio. La señora Chase, que estaba muy efusiva, se retrajo un poco. Cuando se sentaron a la mesa, pudo echarle un vistazo a la mujer, más joven que ella, y se le ocurrió que, de haberse topado con Alice en la calle, lo más probable es que no la hubiera reconocido: no porque su apariencia fuera muy distinta sino porque la señora Chase se dio cuenta de que nunca había mirado a Alice con atención, lo que le pareció extraño, porque Alice Severn era el tipo de persona en la que uno se fijaría. De haber sido menos espigada, más compacta, hubiera podido pasarla por alto, pero no sin percatarse de que era una mujer atractiva. Así como estaba –con su cabello pelirrojo, la sensación de lejanía en la mirada, su rostro otoñal lleno de pecas y sus manos fuertes y macilentas–, había en ella una distinción difícil de ignorar.


–¿Jerez?
Alice Severn asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado,
como un crisantemo demasiado pesado para su tallo.


–¿Una galletita? –le ofreció la señora Chase, observando que alguien tan esbelto debía comer como un caballo. La frugalidad del menú –sopa y ensalada– le produjo un súbito remordimiento de conciencia y dijo una mentira:


–No sé qué estará haciendo Martha para el almuerzo. Ya sabes lo difícil que es preparar algo con tan poca anticipación. Pero, dime querida, ¿cómo están las cosas en Greenwich?


–¿Greenwich? –repitió Alice parpadeando,
como si una luz inesperada hubiera destellado en el cuarto–. No tengo idea. Hace tiempo que ya no vivimos allá; seis meses, o más.


–¿Ah, no? –respondió la señora Chase–. Eso te demuestra lo atrasada que estoy. ¿Y dónde viven ahora, querida?


Alice Severn alzó una de sus torpes y huesudas manos e hizo un ademán en dirección a la ventana:


–Por ahí –dijo de un modo extraño.
Su voz era llana, pero sonaba exhausta, como si estuviera a punto de caer enferma–. Me refiero a que vivo en la ciudad. No nos gusta mucho, sobre todo a Fred.


Con una debilísima inflexión, la señora Chase preguntó:


–¿Fred? –porque ella recordaba con toda claridad que el marido de su invitada se llamaba Arthur.


–Sí, Fred: mi perro, un setter irlandés. Debe usted haberlo visto. Está acostumbrado a tener espacio, y el departamento es tan pequeño; es sólo un cuarto, en realidad.


Si los Severn vivían en un cuarto, sin lugar a dudas debían estar pasando una temporada difícil. La señora Chase contuvo su curiosidad y no preguntó más. Le dio un sorbito a su jerez, y dijo:


–Claro que me acuerdo del perro; y de los niños: cabecitas pelirrojas que se asomaban por la ventana de la camioneta.


–No son pelirrojos. Son rubios, como Arthur.


Alice hizo esta corrección con tan poco humor que la señora Chase tuvo que soltar una risita confusa:


–¿Y Arthur? ¿Cómo está? –dijo, lista para ponerse de pie y dar inicio al almuerzo. Pero la respuesta de Alice Severn la obligó a sentarse de nuevo. Sin alterar en nada su expresión, pronunció, impasible, una sola palabra:


–Gordísimo. Gordísimo –repitió después de un momento–. La última vez que lo vi, fue hace apenas unas semanas, creo; estaba cruzando la calle. Casi se bamboleaba como pato. Si él me hubiera visto, habría tenido que reírme: siempre fue muy remilgado con su cuerpo.


La señora Chase se tocó las caderas:


–¿Tú y Arthur se separaron? Es absolutamente increíble.


–No estamos separados –Alice agitó la mano en el aire como si quisiera librarse de unas telarañas–. Lo conozco desde pequeña; desde que éramos niños. ¿Usted cree –dijo Alice con calma– que podríamos estar separados, señora Chase?


La mención exacta de su nombre parecía excluir a la señora Chase. Por un instante se sintió sellada herméticamente y, mientras se dirigían al comedor, sintió que alguna hostilidad crecía entre ellas. Quizá la visión de las desgarbadas manos de Alice Severn desdoblando la servilleta con torpeza la persuadió de que no era así. A no ser por unos cuantos intercambios corteses, comieron en silencio. La señora Chase empezaba a temer que no pasara nada.


Al fin, Alice Severn dijo atropelladamente:


–De hecho, nos divorciamos en agosto.


La señora Chase esperó. Entonces, mientras sumergía la cuchara en la sopa y volvía a alzarla, dijo:


–Qué pena. Supongo que fue porque bebía.


–Arthur nunca bebió –respondió Alice con una sonrisa amable, pero asombrada–. Es decir, los dos bebíamos. Por diversión, no por otra cosa. En verano era muy agradable. Solíamos ir al arroyo, recogíamos un poco de menta y hacíamos unos tragos de menta gigantescos en frascos de conserva. Algunas noches, cuando hacía mucho calor y no podíamos dormir, llenábamos un termo con cerveza fría, despertábamos a los niños y nos íbamos en coche a la playa. Es divertido beber cerveza, nadar y dormir en la arena. Fueron épocas muy hermosas. Recuerdo que una vez nos quedamos hasta el amanecer. No –dijo, cuando un pensamiento serio tensó su rostro–. Debo decirle que le saco casi una cabeza a Arthur. Yo creo que eso le molestaba. Cuando éramos niños siempre creyó que iba a ser más alto que yo, pero no. Odiaba bailar conmigo, y a él le encanta bailar. Y le gustaba rodearse de mucha gente: personitas, todas con voz aguda. Yo no soy así; yo sólo quería que fuéramos él y yo. En ese sentido, no disfrutaba estando conmigo. ¿Recuerda a Jeannie Bjorkman? ¿La de cara redonda y cabello rizado, como de la misma estatura que usted?


–Desde luego –respondió la señora Chase–. Formaba parte del comité de la Cruz Roja. Un desastre.


–No –dijo Alice Severn evaluando–. Jeannie no es un desastre. Éramos muy buenas amigas. Lo extraño es que Arthur decía que la odiaba, pero supongo que siempre estuvo loco por ella. Ciertamente lo está ahora, y los niños también. De alguna forma me gustaría que mis hijos no la quisieran, aunque debería sentirme feliz de que así sea,
puesto que viven con ella.


–¡No puedo creerlo! ¿Tu marido se casó con esa horrenda muchacha Bjorkman?


–En agosto.


La señora Chase hizo una pausa para sugerir que tomaran el café en la sala y dijo:


–Es horrible que tengas que vivir sola en Nueva York. Al menos podrías tener a los niños contigo.


–Arthur quiso quedarse con ellos –dijo Alice Severn, simplemente–. Pero no estoy sola. Fred es uno de mis amigos más cercanos.


La señora Chase hizo un gesto de impaciencia: no le agradaba esa ilusión.


–Un perro. Qué estupidez. Sólo se puede pensar que eres una tonta. Yo destrozaría a cualquier hombre que tratara de pisotearme. Supongo que ni siquiera has llegado a un acuerdo para que él –la señora Chase vaciló-... para que él aporte.


–Usted no comprende; Arthur no tiene dinero –respondió Alice Severn con el desconsuelo de un niño que descubre que, después de todo, los adultos no son muy lógicos–. Incluso tuvo que vender el coche. Va y viene a pie de la estación. Pero creo que está contento.


–Lo que necesitas es que alguien te sacuda un poco –dijo la señora Chase, como si ella estuviera dispuesta a realizar esa tarea.–El que me preocupa es Fred. Está acostumbrado a tener espacio, y una sola persona no deja muchos huesos. ¿Usted cree que cuando termine mi curso podré conseguir un empleo en California? Estoy en una escuela de negocios, pero no soy muy rápida, sobre todo en mecanografía: parece que mis dedos la detestan. Supongo que es como tocar el piano: hay que aprender desde muy chico –Alice miró pensativa sus manos y, con un suspiro, dijo–. Tengo clase a las tres, ¿le importa si le enseño el abrigo ahora?


La alegría de sacar objetos de una caja, por lo general, animaba a la señora Chase, pero a medida que Alice quitaba la tapa, una incómoda melancolía la acorraló.


–Era de mi madre.


Que debe haberlo usado unos sesenta años, pensó la señora Chase frente al espejo. El tapado le llegaba a los tobillos. Frotó su mano contra la piel raída y sin lustre que daba una sensación enmohecida, acre, como si hubiera estado guardada en un desván cerca del mar. El abrigo estaba helado por dentro, y la señora Chase se estremeció, pero una ráfaga de rubor le encendió la cara justo en el momento en que se percataba de que Alice Severn la miraba por encima de su hombro, con una expresión de
expectativa tensa e indigna que no había tenido antes. En materia de compasión se refiere, la señora Chase era muy parca: antes de concederla, tomaba la precaución de atarle una cuerda, de modo que, en caso necesario, pudiera retirarla de un tirón. Sin embargo, al ver a Alice Severn, era como si la cuerda se hubiese cortado y, por una vez, tuvo que enfrentar el compromiso de la compasión. Trató de librarse y de encontrar una escapatoria, pero su mirada tropezó con aquellos ojos, y comprendió que no había ninguna. Recordó una palabra de sus lecciones de Linguaphone y eso hizo que la pregunta fuera más fácil:


–¿Combien? –preguntó.


–¿No vale nada, verdad? –Había confusión en la pregunta, no franqueza.


–No, nada –respondió ella con cansancio, casi con irritación–. Pero a lo mejor me sirve.


No volvió a preguntar; era evidente que parte de la responsabilidad consistía en fijar el precio.


Aún con el abrigo a rastras, se dirigió a la esquina del cuarto donde había un escritorio y, con una caligrafía resentida, hizo un cheque de su cuenta privada: no tenía intención de que su marido se enterara. Más que la mayoría de la gente, la señora Chase despreciaba la sensación de pérdida: una llave extraviada, una moneda olvidada, agudizaba su conciencia del robo y de los engaños de la vida. Una sensación similar la invadió cuando le entregó el cheque a Alice Severn, que lo dobló sin mirarlo y lo guardó en el bolsillo de su traje. Era por 50 dólares.


–Querida –dijo la señora Chase, ensombrecida por una preocupación espuria–. No dejes de llamar para contarme cómo va todo. No debes sentirte sola.


Alice Severn no le agradeció ni se despidió de ella en la puerta. En cambio, tomó la mano de la señora Chase entre las suyas y le dio unas palmaditas, como si recompensara afectuosamente a un animal, a un perro. Después de cerrar la puerta, la señora Chase se quedó mirando su propia mano y se la acercó a los labios. La sensación de la otra mano aún estaba allí. No se movió, esperando que se disipara, y enseguida su mano volvió a ponerse fría.

Gracias a Andrea Serna por el aporte