domingo, 26 de julio de 2009

Un adivino me dijo... Tiziano Terzni

Reseña por Rodrigo Escobar-Holguín

Terzani, Tiziano (Florencia, 1938)

Un adivino me dijo…

Barcelona: RBA Libros, 2003. 412 p.

Traducción de Un indovino mi disse…(Longanessi, 1995) por Javier Tomás

[Ejemplar prestado por Ana María Gómez y leído del 27 de Junio al 14 de Julio de 2009]

Relato autobiográfico en 27 capítulos. El narrador es un periodista de Der Spiegel aficionado a consultar adivinos y que ha vivido en Asia desde los 50. En 1976, un adivino de Hong Kong le advierte que no debe volar en 1993. Llegado el momento, decide seguir el consejo y convence al periódico de que se trata de una oportunidad para construir una historia singular: ya nadie viaja a distancia por tierra. Viaja sobre todo por tren, pero también en barco, taxi, transbordador, mula y otros medios, previa consulta de la geografía y la historia de los destinos, y acompañándose siempre de una brújula. Recorre Laos, Tailandia, Birmania, Malasia, Singapur, Indonesia, Camboya, Vietnam, Mongolia, y de allí toma el tren transiberiano hasta Moscú; luego vuelve "a casa" en Europa. Pero el año no ha terminado; toma un barco, cruza el canal de Suez, el océano ïndico y el Estrecho de Malaca, y llega de nuevo a Singapur. De allí por tren a Kuala Lumpur y termina el ayuno de avión dos semanas antes de que termine el año, medido con el calendario chino, volando de regreso a Bangkok. Durante todos estos viajes entrevista a personas de la población, ocasionalmente a algunos poderes informales, y siempre a un famoso adivino del lugar.

La narración es vivaz y salpicada de color local. Ocasionalmente se introducen reflexiones sobre lo observado. A comienzos del capítulo 25 se pregunta, por ejemplo, si es justo que "…el vibrante tintineo de las campanillas movidas por la brisa del atardecer en lo alto de una pagoda sea sofocado por el griterío de una discoteca recién inaugurada a orillas de un lago, en el que las bolsas de plástico y las latas vacías de cerveza importada flotan desvergonzadamente sobre un espléndido manto de flores de loto?" A veces hace gala de una gran capacidad de síntesis, como cuando "en la estación de Daniloff subió un puñado de hermosas y procaces rusas con su chulo, y el compartimiento número cinco de mi vagón de luxe se convirtió en un improvisado burdel".

La actitud del narrador es de sorpresa y admiración apenas disimulada por la riqueza cultural del mundo por el que viaja, y de ocasional lamento por la pérdida de esa diversidad. Es evidente que lo que más le interesa es el Asia Sudoriental, lo que los franceses llamaron la Indochina: por el contrario, el viaje a través de China, de Vietnam a Mongolia, cruzando de sur a norte a través de las cuencas del Yangtzé y el río Amarillo, y pasando velozmente por Xian, la antigua capital de la Dinastía Tang, se despacha en siete breves páginas. El largo viaje desde Ulan Bator a través de la Rusia asiática y europea, en otras siete. Esta inclinación puede deberse a una simpatía —que se nota a través de todo el libro— por los poderes pequeños y marginales.


Por: Rodrigo Escobar-Holguín


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