lunes, 27 de julio de 2009

Proyecto piel Julio César Londoño


Proyecto Piel o La Novela Diferente

Reseña Por Julián Enríquez

Todos estos años el escritor Julio Cesar Londoño se ha mantenido orgullosamente provinciano. Madrid, París, Ciudad de México o tan siquiera Bogotá no lo desvelan. Él prefiere seguir fiel al Valle del Cauca, a Palmira, ve. Sin embargo, desde esa pequeña ciudad de calles angostas, andenes estrechos sin árboles y muchas bicicletas, el hombre otea el horizonte.

Se trata de un sujeto cosmopolita de prístina memoria, embebido en el universo de la lectura y en el terco magisterio de la escritura, que tiene bastante tiempo para navegar por internet y hacer una de las cosas que más le gusta en la vida: empaparse de ciencia, de números, de personajes ilustres, de teorías y postulados. Hasta aquí todo parecería algo frío y distante como es el destino de muchos insulares intelectuales que en la historia de la humanidad y con ahínco, se dedican a estos silentes menesteres, sacrificando de paso la cercanía con los otros.

No es el caso de J.C. Londoño. Porque si bien es cierto, un lado de la balanza corresponde a las materias nobles y profundas del arte y la ciencia; el otro, henchido de goce y humanidad, reboza de fraternidad y comunicación. A nuestro hombre de números y letras le encanta la conversación, gracias a ella es un individuo abstracto pero también muy concreto, un ser racional a la par que un ser emocional y sensible.

Pero un momento, al bosquejo de este personaje 'leonardodavincesco' le falta una sonrisa, la marca del siglo al que pertenece. Así es, su sentido del humor lo irriga todo: las pesquisas científicas como la constante interlocución con los semejantes. Gracias a esa chispa que lo caracteriza, las ciencias no son polares y lejanas ni la literatura asunto de unos señores cejijuntos muy tiesos y muy majos. La gracia, el apunte, la observación maliciosa, el tono irreverente, la ironía bien informada constituyen los indicios inequívocos de que Julio Cesar Londoño anda suelto, haciendo de las suyas.

Y es el público, los miles de lectores de revistas y periódicos quienes dan testimonio de su jocosa y esmerada prosa. Sus columnas son únicas y singulares, las primeras que la gente lee porque saben que siempre van a encontrar allí una finta, un chanfle, una particularidad feliz que las otras no tienen, claro, porque el sentido del humor no es pasto que se de verde por doquier. Esas columnas definen y fotografían de cuerpo entero, su escritura.

¿Qué hallamos en ellas? Lo mismo que en sus libros de ensayos, cuentos y novelas -bueno, novela, una sola, "Proyecto Piel"-, la amalgama de ciencia y arte, quizás con una pizca más de humor en su material escrito para los periódicos o las revistas y, con una pizca más de indagación, de brillante lucubración en el material que compone sus libros. Como lo es, por ejemplo, su premiado y famoso cuento "Pesadilla en el Hipotálamo", esa pequeña obra maestra que indaga en lo que sería más caro para un hombre de conocimiento: la pérdida de información valiosa y recuerdos que ha ido atesorando con estudio y experiencias durante toda una vida. Y la pierde por culpa de ese animalito glotón, espécimen ilustrado; soplado, sin lugar a dudas, por el humor alerta de su autor. Ocurriendo entre ellos –el humano y el bicho que lo habita- un rifi rafe de enfados y desencuentros que devora entusiasta el lector.

"Pesadilla en el Hipotálamo" es una narración breve llevada con lujo de detalles que convierte la increíble historia en una realidad literaria contundente. En "Proyecto Piel" también existe una especie de bicho, más oscuro por supuesto, que afecta la mente de su protagonista: el autismo. Razón por la cual, todos los personajes se suman para crear un museo de sensaciones (olfativas, táctiles, gustativas, visuales y sonoras) que sirvan para comunicarle algo a Francisco, el niño autista. De eso trata la novela.

Menciono estas dos obras de Londoño, el cuento "Pesadilla en el Hipotálamo" y la novela "Proyecto Piel" porque en ambas, el verdadero personaje principal es la Mente. En el cuento, una testa brillante, llena de datos, prolífica, en cuyo escenario de ideas y conceptos combate la pareja: el humano dueño de todo y la criatura colada hasta allí avasalladoramente. Y la novela, protagonizada por ese niño casi sin voz y sin habla al que su padre Manuel, su madre Lina, Oscar el amigo de la pareja e incluso el chatarrero León Miller, quisieran proveerle de un universo virtual y paralelo, un museo de sensaciones en el que el niño enfermo se pueda sentir a gusto y sea capaz de comunicarse.

El cuento es magistral, la novela… mmm… no se, a veces creo que también, otras le resto méritos y me quejo porque siento que le faltó narrar una verdadera historia. Tal vez intentó perfilarse como una de esas novelas medio ensayísticas semejante a las de Milán Kundera, sólo que el autor checo ahonda y se sumerge como cachalote en sus personajes, Julio no tanto. Y sostiene, el checo, conceptos como la imagología por más tiempo volviendo las reflexiones casi materia de consulta socio-antropológica.

Más que un museo propiamente dicho, en "Proyecto Piel" se ventila una multicolor y abigarrada miscelánea, en la que caben… "aerolitos que rayan la noche y se pierden en el tiempo", "gotas de destroza que caen con periódica pereza", definiciones de los oídos como "engranajes improvisados por plomeros recursivos con lo primero que encuentran a mano", "plagas de superación personal que están devorando las librerías del mundo", planetas en sus órbitas mientras "pasan lacias las colas de los cometas", etc, etc. También habitan la cálida miscelánea: Cocher, Gaudí, geishas shibumi, Richard Burton y hasta las interpelaciones odoríferas y sonoras de Marilyn Monroe; en síntesis, de todo como en botica, diría el señor Baltazar, tío de cierto columnista de la región.

Cualquier excusa es aprovechada para el comentario con visos de ensayo, el apunte intuitivo y genial, la frase lapidaria o especulativa y todas esas vértebras apuntando a la columna central que rige el libro que no es otra distinta a la de exponernos a los lectores a una conversación inteligente y sutil; en ocasiones, el lector es llevado de la mano a través de una auténtica prosa poética como la del primer suspiro del astronauta que anduvo el espacio exterior… "capaz de flotar en la noche de los tiempos para ser un día el embrión de futuras faunas, de especies no natas de mundos aún inéditos, de una biología quizás más rica que la nuestra".

En la prosa de Londoño ocurre la amalgama entre ensayo, poesía y especulación. Las palabras del poeta William Ospina precisan bien este aspecto: "Si bien hay lenguajes que se dedican principalmente a la razón, o que estimulan sobre todo la sensibilidad, o que potencian ante todo la imaginación, en el arte, la eficiencia depende de que todas esas facultades se alíen y se fortalezcan recíprocamente" (Tomado de "La palabra y el bronce" del libro de ensayos "La decadencia de los dragones). Así, J. C. Londoño se atreve a proponer, a soñar; inspirado por las palabras y la lógica tiende un puente hacía la revelación como lo hizo en su momento su tocayo Julio Verne o la literatura de ciencia ficción. La novela sugiere en esta línea un gran ejemplo, el bellísimo pasaje del insecto de chatarra reciclada y de proporciones enormes que logra elevarse unos metros del suelo con su creador a bordo, el niño prodigio, el niño autista que lo fue ensamblando pacientemente con los desperdicios de hojalata y motorcitos descompuestos que halló en un botadero cercano a su casa. Cuando sus familiares adultos (o al menos uno de ellos) lo descubren suspendido a varios metros por encima de la tierra y llaman a expertos ingenieros para que certifiquen el milagro, el pequeño genio incomprendido decide no darles tiempo de que lleguen y desbarata la colosal hazaña.

Ojalá ese armatoste con alas hubiese sido la portada del libro, la cara misma del "Proyecto Piel".

Así las cosas, no le reclamemos una historia a la novela, no importa que esa quizá haya sido una de las razones por las que el jurado de Planeta, algo perplejo, declaró "Proyecto Piel" finalista y no ganadora del premio. Dejemos que su autor que parece saber muy bien para dónde va, nos regale más adelante la historia que nos quedó debiendo. Y más bien, celebremos su punto de vista, la originalidad que lo destaca en el concierto literario colombiano como un narrador diferente, sutil y delicioso.

Texto escrito por Julián Enríquez






2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Uy viejo Juli, recuerdo cuando hablabas mal de Julio Cesar Londoño. Ahora le haces reseñas como buen lagarto ¡Ja ja ja! Pero para qué, debo reconocer que es una excelente reseña, muy al estilo de Julio Cesar Londoño.

Anónimo dijo...

Yo también me acuerdo, Julián, allá en el parque del perro, junto a tu negro esbirro, de lo mal que hablabas de londoño, como te vendiste Julian.